Cincomarzada en Zaragoza


Una vez más GozARTE nos sorprende con una visita guiada original y diferente. Esta vez nos ha invitado a conocer los momentos calientes de la ciudad maña. Calientes en el sentido más luchador, más combativo de la palabra.

 
Y es que si a los aragoneses se nos conoce por nuestra bravura, el zaragozano además es valiente y decidido. Mucho de eso dice la zarzuela Gigantes y Cabezudos con la que Maribel, nuestra cicerone de hoy, abre la visita.
Yo no soy muy patriota que digamos, me siento ciudadana del mundo y la tierra es mi patria, pero ay, cuando suena una jota… ahí es cuando me vuelvo aragonesa de pura cepa y el orgullo de pertenecer a esta tierra me sale por los poros. Es algo inexplicable que ni yo misma alcanzo a comprender, una paradoja de mi persona.
Con ese orgullo todavía a flor de piel salimos de los pies de la Seo, la maravillosa catedral en cuya base nos hemos congregado, y nos dirigimos hacia los puntos clave donde se dieron momentos, hitos o hechos en los que los zaragozanos, se alzaron contra algo que ellos consideraban injusto.


Maribel nos va mostrando en el camino, detalles que en nuestro vivir cotidiano pasan desapercibidos. Nos señala un relieve o nos muestra el lugar donde se alzaban edificios que ya han desaparecido.

Alzamos la cabeza y nos encontramos con este relieve de Santiago Matamoros
El origen de muchas cosas, la explicación a este carácter reivindicativo, nos lleva hasta Alfonso I el Batallador que otorgó unos privilegios tan importantes a la ciudad que ya no se concedieron otros del mismo calibre jamás. Se pretendía dotar de unos beneficios a la población y hacer atractiva la vida en la ciudad, como la tala de leña o derechos de pasto muy ventajosos respecto al resto.
Aunque el más llamativo de estos llamados privilegio de los 20, es el privilegio del daño por el daño o tortum per tortum, y autoriza a los habitantes de Zaragoza a que si alguien les inflige un daño puedan castigarle en la ciudad, sin esperar ninguna otra justicia y todos a una le destruyan sus casas y todo lo que tenga en Zaragoza y fuera de ella. Toma ya…
Así que los zaragozanos de esa época estaban acostumbrados a que si alguien les tocaba un poco las narices, por decirlo de algún modo, todos a una a por él.
Con la llegada de los Borbones y la derogación de estos privilegios, los habitantes de la ciudad, seguían enarbolándolos como propios. Así, con el conocido como Motín del Pan o de los Broqueleros se amenazó al corregidor y a los usureros con la quema de sus casas y de hecho así fue hasta que el motín fue reprimido enérgicamente.
Una casa de la que solo queda la fachada con este relieve donde vemos una figura portando un broquel
Con estas historias crueles y sanguinarias todavía retumbando en nuestros oídos, cruzaremos el puente hasta el barrio del Arrabal y hablaremos de las guerras carlistas y del inicio de esta fiesta zaragozana.
La historia nos cuenta que la noche del 4 al 5 de marzo de 1838, 3.000 carlistas, con Cabañero al mando intentan tomar la ciudad. Se sabe que tenían apoyos internos que les iban facilitando la logística del asalto. Tan fácil lo vio Cabañero que decidió celebrarlo tomándose un chocolate caliente, porque recordemos, Zaragoza tiene un clima duro y a principios de marzo la primavera casi no ha asomado la cabeza y las noches aún son frías.
El callejón de Lucas en el Arrabal zaragozano
En esas estaba cuando comienzan a oírse disparos y alboroto en las calles y es que los zaragozanos se despertaban y viendo el percal comenzaron a atacar a los asaltantes, lanzando cosas desde las ventanas y enfrentándose a los carlistas incluso con utensilios de cocina. Consiguieron expulsarle y con sorna, cuando Cabañero regresó a la ciudad le decían: “Cabañero, que se te enfría el chocolate”.
La Plaza del Rosario en el barrio del Arrabal
Esta fiesta del 5 de marzo, que conmemora la lucha contra los carlistas se ha convertido en una fiesta reivindicativa y en el nombre de una calle. Durante el franquismo esta fiesta no se celebró y la calle pasó a llamarse Requeté Aragonés.
Hoy los zaragozanos salimos a las calles y tomamos los parques en un día festivo, o como en nuestro caso, damos un paseo por la apasionante historia de la ciudad y nos comemos un pastel bien rico.

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